Sufren el rezago de la agricultura domingo, 11 de febrero de 2001 Por Mario Santana El Nuevo Día JAYUYA - En un tiempo, ya muy remoto, reinó como la principal industria no sólo de la montaña, sino de Puerto Rico. Más de un siglo después, el café sigue siendo la mayor fuente de empleo en esta parte del país. Aquel imperio, sin embargo, parece hoy en ruinas. José Ramón Martínez Coello se encoge de hombros y disimula una sonrisa. Cultiva, despulpa, seca, pila, tuesta, muele y empaca su propia marca de café. Desea que su hijo herede el negocio, pero concede que, para pequeños agricultores como él, sobrevivir es difícil. "Esto es lo que he hecho toda mi vida", se justifica. También se mantiene en la agricultura porque se siente comprometido con ella, explica don Kiko, como lo conocen en su barrio Saliente, donde tiene su finca (de 230 cuerdas, 100 sembradas de arbustos de café y 25 de matas de gandules) y su pequeño taller de torrefacción. Se queja de que es muy difícil conseguir mano de obra. El café a veces se cae y se pierde por falta de quien lo recoja. Además, suben los costos de producción, entre los que mencionó la electricidad y el gas, y sube el salario mínimo agrícola, pero el precio del café se mantiene igual. Entonces, cuando termina la cosecha están endeudados. Sobra poco dinero, asegura. La pasada cosecha de café fue muy difícil para Ada Luz Ramos Torres. Ella y su esposo son caficultores y beneficiados (compran el café uva, lo despulpan, limpian, secan y pilan). Explica que al coincidir la cosecha con la campaña electoral no pudo competir con los empleos temporeros que se crean para esos meses. Lo normal es que sea difícil conseguir trabajadores agrícolas para la cosecha, pero en año de elecciones siempre es peor. EL TRABAJO en la agricultura es de mucho sacrificio, dice. "Esto no es para hacerse rico", añade. Aún así, Ramos se siente afortunada. Con ella y su esposo trabajan siete personas, la mayoría desde hace más de 15 años. Todos son gente entrada en edad. Conseguir jóvenes es difícil, admite. Sobre todo para la cosecha. "¿Ofrecerle a un joven recoger café? Eso para ellos es una ofensa", comenta. Es que en estas montañas la beneficencia pública mantiene una competencia desigual con el empleo agrícola. Ramos se queja de que los jóvenes cogen el café muy verde (y ese grano vale menos que el café de primera, que está en su punto). Eso, dice, no le pasa con recogedores de café de mayor edad. También se queja de que los agricultores, en su opinión, reciben muy poca ayuda del gobierno. Menos mal, reflexiona, que sus hijos la ayudan cuando salen de su trabajo. Tiene un hijo ingeniero que es quien da mantenimiento y repara la maquinaria del negocio. ¿Cuál es el futuro? Ramos contesta sin hacer una pausa, como si de tanto preguntárselo, pudiese recitar la respuesta. "Yo que he nacido y me he criado aquí le puedo decir que esto está en crisis", afirma. Juan Rivera trabaja en el beneficiado y en la finca de Ramos y su esposo, les hace trabajos de construcción y es todo un 'handyman' de sus patronos. Por todo eso se gana $35 al día (unos $700 al mes). "LA AGRICULTURA es un trabajo que debería pagar más porque es de lo que vivimos", comenta. En la época de cosecha, explica, comienza a trabajar a las 7:00 a.m. A veces lo sorprenden las 10:00 p.m. trabajando. Rivera critica a los jóvenes que viven en la montaña. Asegura que "lo que quieren es coger cupones". El no. El tiene tres hijos en la universidad. Una estudia para farmacéutica, otro ingeniería y otro quiere ser maestro. No sabe si una vez se gradúen, conseguirán trabajo en Jayuya. "Lo que pasa es que como es un pueblo pequeño, hay mucha competencia", dice. En Jayuya, añade, o trabajas en la farmacéutica Baxter o en la agricultura. Angel Pagán dejó Jayuya en plena adolescencia. Se mudó a un barrio rural de Guaynabo, pero afirma que fue una experiencia traumática. Recuerda que el séptimo grado lo repitió. La primera vez se colgó porque no se ajustó a su nueva escuela; los demás fracasos, admite, fueron porque prefirió el vacilón. Angel regresó a Jayuya hace poco. Volvió casado. Tiene 18 años. Es trabajador agrícola y estudia para tomar el examen de equivalencia de cuarto año de escuela superior. Trabaja recogiendo café, aviando plátanos (cortando los racimos de las matas y acarreándolos) y en lo que aparezca. Gana unos $25 al día. Entra a las 6:30 a.m. y usualmente termina a la 1:00 p.m. "PIENSO SACAR el (diploma de) cuarto año para conseguir un mejor trabajo", dice. "Me gusta la agricultura. Si hubiese un salario bueno me gustaría seguir en esto, pero si no, tengo que echar pa'lante". "Ahora mismo aquí no hay trabajo", afirma Julio Torres Rentas. Para fundamentar su aseveración apunta a las montañas y dice: "Mira como están las fincas, todas enmelezás (con la maleza crecida)". Justo antes su esposa Isabel, de 60 años, había cortado leña. Cocinan con fogón. Torres, de 58, vive con su esposa, dos nietos y dos hijos. Depende de la beneficencia pública y de "chiripear de vez en cuando". "En la cosecha es que se consigue trabajo", comenta. La agricultura, en su caso, no es una fuente de trabajo fijo. Ahora mismo está desempleado. "Aquí hay que hacer la agricultura de nuevo, meterle chavos... El ciclón se lo llevó todo", opina. © 2001 El Nuevo Día - Derechos Reservados