Enfermas las venas de los abastos de agua domingo, 21 de enero de 2001 Por José Javier Pérez De El Nuevo Día Nadie duda que lo mismo pueda ocurrir en Carraízo, Sergio Cuevas, en La Plata o en el Superacueducto, porque todas las cuencas están afectadas por actividades del hombre, todas son susceptibles en mayor o menor grado y todas carecen de planes de protección, coincidieron Larsen y Rivera. (Tito Guzmán/El Nuevo Día) PARA RESOLVER y prevenir el problema del agua de los millones de personas que residen abajo en el llano, hay que mirar hacia arriba, allá en la montaña, por aquellos recovecos que encarrilan el agua que suelta alguna nube llorosa. Esos caminos verdes entre lomas y montañas son parte de las llamadas cuencas hidrográficas, que algunas voces folclóricas prefieren llamar "la palangana" pues allí se recoge el agua de lluvia. Así, los aguaceros ya convertidos en quebradas, ríos o riachuelos van drenando cuesta abajo hasta llegar al mar o a algún lago que sirve de abasto de agua potable. En su recorrido, esos riachuelos arrastran de todo, desde minerales y nutrimentos vitales hasta sedimento, excremento de ganado, basura, pesticidas químicos y otros contaminantes naturales o inducidos por actividades humanas. Todo eventualmente llegará al abasto del cual usted toma agua cada día. Si bien muchos de esos contaminan tes pueden ser eliminados en una planta de filtración, mientras mayor sea el grado de contaminación, mayor será el uso de otros químicos, cloro, alúmina y polímeros, para purificar el agua que aparte de encarecer el proceso de purificación, constituyen sustancias extrañas que podrían tener, a largo plazo, efectos nocivos en algunas personas. Por eso es mejor prevenir la contaminación protegiendo las cuencas, coincidieron en entrevistas separadas Matthew Larsen, director del Servicio Geológico de Estados Unidos; el director del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Puerto Rico, José Molinelli, y la directora del Programa de Agua del Departamento de Salud, Olga Rivera. Abundancia de cuencas, pero desprotegidas Puerto Rico tiene 216 cuencas y subcuencas o regiones de drenaje, explicó Larsen. Pero, a pesar de su importancia, ninguna está protegida, excepto la sub cuenca de El Yunque que por ser una reserva federal está fuera de la jurisdicción del gobierno de Puerto Rico y no está sujeta a los cambios de zonificación sobre uso de terrenos de la Junta de Planificación. Aparte de El Yunque, todas las cuencas han sido agredidas por el hormigón de residencias y carreteras, por la contaminación de industrias y por prácticas individuales como el uso de insecticidas, limpiadores o por echar el aceite usado de auto en una alcantarilla, entre muchas otras cosas. El impacto del desarrollo urbano en las cuencas de Puerto Rico ha sido de tal magnitud que ya no se puede hablar de protegerlas en su totalidad, dijo Larsen. El espacio de acción que queda a favor de las cuencas es el desarrollo de planes de emergencia y mitigación para intentar minimizar daños al ambiente y la salud. "La época de hablar de protección ya pasó y ahora tenemos que bregar con lo que hay. Sólo en la cuenca de El Yunque no hay desarrollo urbano y eso es como el 1% del total. Ya el 99% de las cuencas está desarrollado", dijo Larsen. Esto hace que las cuencas sean muy susceptibles como demostró el incidente en que alguien contaminó el Río Guaynabo en julio pasado. Al parecer, a causa de la falta de controles en una empresa ubicada en la cuenca de ese río, una sustancia química llegó hasta la planta de filtración que sirve a Guaynabo, un sector en crecimiento. La situación, que quedará como un misterio sin resolver, obligó a sacar de operaciones la planta por varios días. Por falta de evidencia suficiente la Agencia de Protección Ambiental no podrá señalar al responsable de contaminar la cuenca. Nadie duda que lo mismo pueda ocurrir en Carraízo, Sergio Cuevas, en La Plata o en el Superacueducto, porque todas las cuencas están afectadas por actividades del hombre, todas son susceptibles en mayor o menor grado y todas carecen de planes de protección, coincidieron Larsen y Rivera. Si lo ocurrido en el Río Guaynabo se repite en la cuenca que nutre el lago La Plata o la de Carraízo, las consecuencias serían insospechadas por la falta de planes de acción para contrarrestar el problema, aseguraron. Esto contrasta con la experiencia en Estados Unidos donde la gran extensión territorial ha permitido proteger cuencas enteras. "Hay cuencas a las que tú ni siquiera puedes entrar y hay policías evitando el paso. A mí me pasó en San Francisco, donde entré a caminar a una cuenca y me sacaron", narró. Muy tarde para prevenir El manejo ideal de las cuencas debió haber ser prevención, según los expertos. "Pero ya estamos algo tarde pues ya no podemos sacar a la gente ni las industrias de las cuencas. Estamos tarde, pero algo hay que hacer", indicó Rivera. Las soluciones no son sencillas ya que los impactos ambientales en las cuencas no sólo tienen variables ecológicas sino sociales. Cidra es un ejemplo de ello. La propuesta de una carretera denominada como conector PR-7733 no sólo representa una amenaza a una zona que es hábitat crítico de la paloma sabanera, un ave en peligro de extinción. El proyecto implicaría expropiar a familias que han vivido allí por generaciones. Incluso, la vía amenazaría un área arqueológica que se cree es un batey indígena. Doña Cándida Santiago, su hijo Víctor Santiago y su nieto, del mismo nombre, son un ejemplo de familias enraizadas en la montaña cidreña que se niegan a que la carretera quiebre la integridad de la comunidad La Sapera donde han vivido por décadas. "No queremos la carretera porque nos dañará la vida", dijo doña Cándida. Los estudios ambientales del proyecto no consideraron la presencia de humedales y terrenos anegados que, aunque pequeños, alimentan al lago de Cidra, un importante abasto de agua para el área metropolitana y cuya vida útil se ha reducido dramáticamente por la erosión. De hecho, en un recorrido se pudo observar un segmento del Río Bayamón tapado durante la construcción de una urbanización. El Río Bayamón suple de agua a ese lago. "Esto no es en Cidra nada más. Esto es en toda la isla", declaró Ricardo Villalona, otro vecino del lugar. © 2001 El Nuevo Día - Derechos Reservados