Sabado 14 de noviembre de 1840
Boletín Instructivo y Mercantil de Puerto Rico
Dotada la isla de Puerto-Rico de una feracidad sorprendente, no es rica tan solo por las ventajas con que brinda al genio de la industria, presentándose a producir en abundancia esos preciados frutos, más estimables que el oro de Potosí y de Méjico, que le abren la puerta de los mercados de ambos mundos; sino que espontaneamente encierra en su seno el gérmen de una riqueza que le es peculiar y en que pocos paises podrán igualársele.
Hablamos de esas maderas tan útiles, tan buscadas, tan raras y preciosas que arroja de sí este suelo, y que no parece sino que son una plaga pestilente o un estorbo a los progresos de la agricultura y las artes, según el empeño con que por manos propias y extrañas, pero siempre manos ignorantes, se acomete la obra infernal de su destrucción, se las condena al fuego y arranca para siempre de la tierra que por siglos enteros protejieran.
Males incalculables para el porvenir de esta Isla debemos augurar a vista de tan deplorable abuso, males que tendrán una influencia funesta en su industria, en su comercio, en su riqueza en fin; pero que no tanto por eso los tememos, cuanto porque muy en breve contribuirán a alterar sensiblemente el temperamento y la dulzura del clima, que de algún tiempo para acá comienza a desconocerse hasta por los mismos naturales.
El deseo de la Providencia que vela sobre el destino de los hombres, que fija límites al orgullo y la ambición humana, que destruye las quimeras para dar entrada a la razón; esa luz celestial que como la del sol a todos alcanza, que pone en fin al lado de las enfermedades la medicina eficaz, no en vano dió a este suelo esa fuerza reproductiva, esa fertilidad que asombra. La fuerte influencia de los rayos solares que pudieran abrasarnos, se templa, se mitiga con el aliento consolador de las brisas: y el hombre saluda roconocido al supremo hacedor, cuando respira en medio de los trópicos, y siente renacer sus fuerzas.
Las lluvias frecuentes en esos paises restituyen constantemente a la tierra la frescura, la acción vegetal que les roba un calor excesivo, y son la esperanza del afanoso propietario. Pero ese rocío benéfico se aleja de la tierra erial y desnuda, o es ineficaz las más veces, al paso que en ella el hombre anhela en vano el soplo consolador de un fresco ambiente. Todo el mundo conoce ya la influencia del arbolado, para atraer esos beneficios; muchos alcanzan la que tiene para purificar la atmósfera, exhalando gases respirables, y absorviendo gran parte de los nocivos o mefíticos; y nadie ignora que las lluvias sobre superficie yerma, dificilmente producen los efectos apetecidos, o que si momentaneamente refrijeran, muy en breve ha desaparecido hasta el menor vestigio de humedad o frescura.
Si de estas verdades se necesesitasen pruebas, podríamos traer en su apoyo innumerables citas, y convencer de su evidencia; pero nos contentaremos con llamar la atención de los habitantes de Puerto-Rico, haciéndoles observar cuanto y cuan sensiblemente ha variado la temperatura del país, cuanto y cuan sensiblemente van escaseando las lluvias, sin que pueda descubrirse racionalmente otra causa a que poderlo atribuir, que la destrucción del inmenso y hermosísimo arbolado, cuya sombra protectora nos defendía constantemente.
No pretenderemos necios que respeten los bosques eternos de maleza, de arbustos infructíferos, sacrificando a su conservación los frutos pingües que pueden arrancarse al terreno. Pero entre asolar el territorio y dejarle intacto hay un medio prudente, útil y necesario que nos atrevemos a recomendar, convencidos profundamente de los bienes que encierra.
Si se considera economicamente este punto, se verá que sin previsión y sin juicio nos vamos despojando de un artículo tan buscado, que puede formar una parte considerable de la riqueza pública y particular, imitando el despilfarro de los que desperdiciando lo poco aspiran imbéciles a la adquisición de mucho; como si la abundancia y la riqueza no fueran el resultado del trabajo y de la economía.
Lejos de perjudicar los árboles al cultivo de la tierra, son por el contrario un elemento indispensable en el sistema de la agricultura, y un producto seguro para el labrador, prescindiendose del abono y frescura que prestan al suelo. Unos se venden con estimación, otros menos preciados nos dan su madera para construcción y artefactos, los otros más despreciables nos proporcionan materia combustible, y todos pueden servir de recreo, de señal y de valla o línea divisoria.
Pero aún es más: hay ciertas producciones propias del clima, que no pueden prosperar sino bajo la sombra benéfica de árboles corpulentos, y todas ellas en fin pueden aliarse con su exisencia, aunque no sea más que para defender y resguardar las plantaciones de los recios vientos que periodicamente suelen arrasarlas. En suma ¿qué estorbo puede ser para una hacienda tener plantados de hileras de árboles los callejones y linderos? ¿Cuánta utilidad no reportarían de esa sola precaución los propietarios? Con esto que se hiciera únicamente, no tendriamos que lamentar en breve consecuencias fatales que la pluma se resiste a pintar.
Hemos dado una voz de alarma a los naturales de la isla, y a cuantos se interesan en su prosperidad, pero no nos contentaremos con eso solo, porque penetramos que el mal exige remedios fuertes y prontos, y no da treguas para esperar a que la opinión se ilustre, que pudiera ser quizá demasiado tarde, nos creemos obligados por patriotismo, y por amor al pais en que hemos encontrado dulce acojida y benéfica hospitalidad, a invocar la poderosa intervención del gobierno superior, señalando a su celo y solicitud un campo vasto para dispensar bienes, una necesidad urgente sobre la que su mano protectora no tardará en extenderse.
Poco puede costar una visita de arbolados que ponga en evidencia lo que denunciamos, y todavía menos dictar reglas que atajen el mal por una parte y lo reparen por otra en interes de la riqueza y prosperidad pública.
Todo debemos esperarlo de la ilustrada solicitud del gobierno, y de la constancia con que se desvela por llenar su alta y paternal misión.